16/09/2017 01:54
Cristales de tiempo, la poesía de Elena Garro


Ángel Gilberto Adame
La lectura de una compilación de textos inéditos lleva implícito el enfrentamiento con el espectro de la
incertidumbre. En la mayoría de los casos, es imposible averiguar siquiera si la disposición de las
páginas corresponde a las expectativas de quien las escribió. Es recurrente la obsesión de muchos
creadores sobre el destino de sus trabajos inacabados, como ejemplo de lo anterior basta con hojear
El libro vacío de Josefina Vicens o el drama del ágrafo Barón de Teive, desarrollado por Fernando
Pessoa en La educación del estoico.


Pero no todos los libros no publicados corrieron esa suerte por las mismas razones. Factores
políticos, económicos y hasta familiares han apartado ciertos títulos de la imprenta. La erradicación
de esa marginalidad depende de la pericia de un editor, cuyo oficio tiende a confirmar la sospecha de
que la literatura es posible a pesar de los escritores.
Una loable labor de esta naturaleza es el que ha emprendido Patricia Rosas Lopátegui con la obra de
Elena Garro. El año pasado, con motivo del centenario del nacimiento de la autora de Los recuerdos
del porvenir, Rosas Lopátegui dio a conocer Cristales de tiempo, una antología de poemas hasta
ahora desconocidos que se integran al corpus de una de las escritoras más talentosas de la literatura
mexicana.

El volumen comienza con un estudio introductorio en el que Rosas Lopátegui advierte que
la biografía y el quehacer poético de Garro se influyen a tal grado que por momentos
resultan indistinguibles y enfatiza que, aunque desde sus pininos Garro dio muestra de su
talento lírico, su dominio literario se extendió a la narrativa y a la poesía.
En el devenir vertiginoso de su existencia, Garro dejó una copiosa cantidad de papeles —
manuscritos y mecanografiados— abandonados al azar. Muchos de ellos se extraviaron o
fueron desechados, algunos otros se conservaron circunstancialmente entre sus
pertenencias, casi siempre relegados a una intimidad que corría paralela a su lejanía de
los círculos intelectuales: "Debido a las vicisitudes de sus múltiples mudanzas y, sobre
todo, ante la presencia de sus entrañables gatos, los baúles de Elena Garro se fueron
transformando en bolsas de plástico negro destinadas para la basura. Ahí se guarecieron
de 'las cabezas bien pensantes', de los orines de los mininos, y esperaron pacientemente
el día que verían los polvos multicolores del sol y las estrellas, los elementos cósmicos
que pululan por sus ficciones".


Los ejes temáticos apreciables en los poemas no difieren en mucho de los que son
recurrentes en el resto de sus trabajos. La figura femenina pulverizada por la opresión
familiar y social, la satanización de quien vulnera los roles de género, la evocación de la
enfermedad mental como un medio a través del cual se busca minimizar la inconformidad
de una mujer que aspira a transgredir los cánones de su generación. Quizás una de las
mejores definiciones de Garro nos la ofrece Rosas Lopátegui en su prólogo: "El punto de
partida de su escritura siempre fue la vida. Su matrimonio con Octavio Paz, por un lado, y
su rebeldía en contra del establishment por el otro, hicieron de Elena Garro un 'Ulises',
una trashumante, un ser cosmopolita. Memoria y periplo se conjugaron en su obra".
El emergente reconocimiento a Elena Garro confirma su lugar como figura imprescindible,
sin embargo, al tiempo que cobra visibilidad, el morbo y la confrontación la alejan de la
escena artística y la acercan peligrosamente al terreno ideológico. Pese a los intentos de
apropiación de su persona y de la reticencia de los herederos para la difusión del material
ignoto —por la insana costumbre que caracteriza a la mayoría de los descendientes de un
linaje intelectual de querer mimetizarse con sus predecesores—, esfuerzos como el de
Rosas Lopátegui permiten que la obra de Garro siga brillando con luz propia.

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